martes, julio 21, 2026
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El saqueo presupuestal, la complicidad de la UNAM y el fraude del seudoarte: el dispendio multimillonario de Mathias Goeritz frente al abandono de la ciencia y la pobreza en México

La reciente ofensiva burocrática del Estado mexicano por legitimar, proteger y eternizar estructuras de concreto ajenas a la realidad social ha vuelto a encender un profundo conflicto entre la burocracia cultural del Estado y el hartazgo inquebrantable de la sociedad. Mientras la administración de Claudia Sheinbaum Pardo y la Secretaría de Cultura impulsan decretos para blindar estructuras monumentales, amplios sectores de la población denuncian un dispendio millonario intolerable que pisotea las necesidades más urgentes de la gente pobre en el país de México.

Este reportaje de investigación recopila de forma exhaustiva todos los antecedentes históricos, los costos reales, la farsa del seudoarte, la burla de los decretos publicados en el Diario Oficial de la Federación (DOF), el desvío de recursos universitarios y la indignación de los científicos ante el abandono criminal de la salud, la educación y la ciencia en México.

La verdad jurídica sobre el DOF y el decreto actual: qué se protege hoy

El centro de la discusión jurídica actual radica en el acuerdo publicado en el Diario Oficial de la Federación de México, mediante el cual el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) regulariza el procedimiento para declarar Monumento Artístico al inmueble conocido como el Museo Experimental El Eco.

Es una exigencia elemental de rigor periodístico y verdad histórica deslindar los hechos: el decreto oficial emitido por la Secretaría de Cultura concierne de manera directa y exclusiva al recinto universitario ubicado en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, el cual se encuentra bajo la administración de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). No obstante, en el debate público y gremial impulsado con vehemencia por agrupaciones como el #CAMSAM se mezclan deliberadamente la figura y las obras del autodenominado artista germano-mexicano Mathias Goeritz.

Las célebres Torres de Satélite, ubicadas en el municipio de Naucalpan de Juárez en el Estado de México, operan como hitos urbanos independientes de este acuerdo específico del DOF, pero comparten la misma raíz conceptual y el mismo ADN estético que hoy genera repudio generalizado entre la ciudadanía. Con este acto administrativo, el Estado otorga un blindaje normativo absoluto que impide cualquier intervención estructural no autorizada, anteponiendo la petrificación burocrática del cemento por encima de cualquier necesidad social apremiante.

Mathias Goeritz y el pecado original del hormigón: el origen de las Torres de Satélite y El Eco

Para comprender la magnitud de la estafa estética que hoy defiende el gobierno federal, es indispensable remontarse a los años cincuenta del siglo pasado. Fue entre 1957 y 1958 cuando, en medio de un México rural y urbano en vías de desarrollo con profundas carencias económicas, se erigieron las famosas Torres de Satélite en el naciente fraccionamiento Ciudad Satélite, en el Estado de México. Creadas intelectualmente por el escultor germano-mexicano Mathias Goeritz, en colaboración con el arquitecto Luis Barragán y el pintor Jesús Reyes Ferreira, estas moles geométricas de concreto absorbieron recursos monumentales que bien pudieron destinarse a dotar de infraestructura hidrosanitaria, escuelas primarias o clínicas médicas a una población hambrienta de servicios básicos.

Años antes, en 1953, el mismo Goeritz había inaugurado el Museo Experimental El Eco en la Ciudad de México, concebido bajo su pretenciosa teoría de la «arquitectura emocional». Lejos de ser espacios funcionales o centros comunitarios orientados al desarrollo humano, tanto las Torres como El Eco respondieron exclusivamente al ego desmedido de un creador extranjero y a los intereses de desarrolladores inmobiliarios y políticos ávidos de barnizar de «modernidad vanguardista» un entorno plagado de desigualdad social. Construir prismas triangulares gigantescos de hasta 52 metros de altura en medio de una zona metropolitana caótica no fue un acto de generosidad cultural, sino el ejercicio más puro de vanidad estética financiado con recursos públicos y privados que debieron servir para mitigar la pobreza extrema en el país de México.

El fraude del seudoarte: estructuras inútiles para la humanidad

Calificar las obras de Mathias Goeritz como «obras maestras» o «patrimonio de la humanidad» constituye un insulto a la inteligencia colectiva y a la economía del pueblo mexicano. ¿Qué función social cumplen cinco prismas triangulares de colores primarios colocados en el camellón de una vía rápida? Absolutamente ninguna. Carecen de utilidad práctica, no albergan actividades productivas, no generan empleo digno y no resuelven ninguna necesidad vital para el ser humano.

Son, simple y llanamente, moles de concreto y varilla convertidas en monumentos a la petulancia académica. Goeritz operó bajo la cómoda coartada del arte abstracto para justificar la creación de estructuras feas, frías y ajenas a la identidad popular. Mientras el pueblo mexicano lidiaba con la escasez de alimentos, la falta de medicamentos y el analfabetismo, las élites intelectuales celebraban la ocurrencia geométrica de un extranjero que mercantilizó el espacio urbano con bloques de cemento inservibles.

Cero pesos para escuelas de arte y ciencia, millones para mantener la farsa

La mayor bofetada en la cara de la sociedad mexicana radica en la obscena asimetría presupuestal. Mientras los gobiernos destinan partidas millonarias indirecta o directamente para el mantenimiento, peritajes, vigilancia, remodelaciones y ahora blindajes jurídicos en el DOF para proteger el legado de Goeritz y recintos como El Eco, el presupuesto destinado a la creación y sostenimiento de escuelas de arte públicas, talleres comunitarios, casas de cultura populares y becas para jóvenes creadores marginados es prácticamente nulo.

Es una ironía brutal y dolorosa constatar cómo se invierten millones en mantener vivo un museo y darle credibilidad artificial, mientras se destinan cero pesos en crear escuelas de arte y apoyar a los artistas verdaderos. El Estado prefiere gastar el erario en preservar bloques de cemento mudo antes que invertir en el talento vivo de los jóvenes mexicanos que sueñan con estudiar artes plásticas, música o teatro pero que son abandonados a su suerte en la miseria. Mantener con vida artificial un museo elitista mientras las comunidades carecen de espacios dignos para el desarrollo artístico es la prueba contundente de que la burocracia cultural desprecia al pueblo y prefiere rendir culto a las piedras.

La complicidad de la UNAM y el castigo a los científicos

Mientras la comunidad científica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el país de México sobrevive entre recortes presupuestales, laboratorios obsoletos, carencia de reactivos y sueldos precarizados, la máxima casa de estudios desvía recursos, atención institucional y personal técnico para solapar caprichos estéticos. El costo financiero y moral de conservar estructuras inútiles como el Museo Experimental El Eco representa una afrenta directa no sólo para los contribuyentes, sino para los propios investigadores y académicos que ven cómo el erario universitario se dilapida en mantener vivo el seudoarte.

La participación de la UNAM en la administración y blindaje de recintos como el Museo Experimental El Eco —situado en la colonia San Rafael de la Ciudad de México— evidencia una profunda desconexión con las prioridades nacionales del país de México. Mientras los investigadores titulares y los jóvenes becarios de la UNAM batallan para obtener fondos mínimos destinados a proyectos de ciencia aplicada, salud pública, tecnología o mitigación ambiental, la burocracia dorada de la universidad destina partidas financieras constantes a la conservación de paredes, remodelaciones estéticas y peritajes burocráticos de un espacio abstracto que no produce ningún beneficio social.

¿Cuánto cuesta mantener la farsa? Aunque las cifras desglosadas de mantenimiento suelen diluirse en las opacas partidas administrativas de la UNAM, el costo de oportunidad es incalculable. Cada peso invertido en custodiar bloques de cemento y paredes estériles es un recurso robado a la investigación científica. Mientras el gobierno federal de Claudia Sheinbaum Pardo y las cúpulas universitarias celebran decretos en el Diario Oficial de la Federación (DOF) para solemnizar el «patrimonio artístico», los laboratorios de la UNAM sufren por goteras, falta de equipo de punta y la incapacidad de retener el talento de sus mejores investigadores.

La mentada de madre: arte basura frente a hospitales, escuelas y laboratorios

Para la ciudadanía crítica, el hecho de que el gobierno federal destine tiempo, recursos institucionales, aparatos legales y atención prioritaria a proteger moles de concreto y estructuras vanguardistas bajo el discurso del «humanismo» representa una auténtica bofetada en la cara de la gente pobre en el país de México.

  • El reclamo popular irrefutable: Destinar esfuerzos gubernamentales a resguardar lo que la sociedad califica con absoluta justicia como «obras inútiles» e inservibles contrasta de forma violenta con la realidad lacerante de los hospitales públicos saturados, sin medicamentos, sin equipos médicos modernos y con personal colapsado, donde el dinero habría servido para construir hospitales, escuelas de artes o financiar la ciencia.
  • La contradicción presupuestal criminal: Mientras miles de familias mexicanas enfrentan el desempleo, la marginación y la pobreza extrema, la federación prioriza el gasto en la protección legal y el mantenimiento de un auténtico «arte basura» que no aporta un solo gramo de bienestar material, alimento, salud o conocimiento a la humanidad.
  • La alternativa que se debió elegir: El dinero dilapidado históricamente en la concepción, construcción, remodelación y ahora en el blindaje jurídico de estas estructuras estériles debió canalizarse íntegramente a la construcción de hospitales de alta especialidad, escuelas de artes verdaderamente públicas y al fortalecimiento de los laboratorios de investigación científica.

La simulación del gobierno actual y la traición institucional

En este engranaje de simulación, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) juega un papel ambiguo pero cómplice. Al mantener bajo su órbita y administración el Museo Experimental El Eco, la máxima casa de estudios valida y sostiene espacios dedicados al elitismo cultural, alejados de las prioridades científicas y sociales que demanda la crisis nacional. En lugar de utilizar su presupuesto e influencia para presionar por una redistribución del gasto hacia la investigación médica o el apoyo a comunidades vulnerables, la UNAM se convierte en custodia complaciente de caprichos arquitectónicos.

Por su parte, la administración federal actual encabezada por Claudia Sheinbaum Pardo incurre en una grave contradicción ideológica al respaldar y solemnizar este tipo de herencias bajo el estandarte del humanismo mexicano en el país de México. ¿De qué humanismo se habla cuando se destina el aparato del Estado a proteger bloques de cemento inútiles mientras se niegan recursos suficientes para garantizar la salud integral, el avance científico y la educación artística popular? Consolidar decretos en el DOF para blindar «monumentos artísticos» de carácter abstracto es una ofrenda floral a los finados creadores del elitismo, mientras se ignora el clamor cotidiano de un pueblo harto de financiar caprichos estéticos con cargo al erario.

La historia juzgará con severidad este dispendio oficial. La defensa de un seudoarte divorciado de la utilidad social no es más que la constatación de que la burocracia cultural prefiere los aplausos de las galerías exclusivas antes que la justicia distributiva, la ciencia y el bienestar para los millones de pobres que sostienen este país.

Por. A.G. Informacíon. DOF-

Redacción Realidades en Red
Redacción Realidades en Red
Periodista formado en la UNAM.
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