Washington.— Lejos de los discursos tradicionales sobre democracia o derechos humanos, la estrategia del presidente Donald Trump hacia Venezuela se articula en torno a un objetivo explícito: el control de sus recursos naturales y la contención de la influencia económica de China en América Latina.
La próxima semana, Trump sostendrá reuniones con directivos de las principales petroleras estadunidenses —Chevron, ConocoPhillips y ExxonMobil— como parte de un plan para reconfigurar la industria energética venezolana bajo intereses de Estados Unidos. La Casa Blanca ha sido inusualmente directa al señalar que la prioridad no es política, sino económica: petróleo, minerales estratégicos y geopolítica comercial.
A diferencia de intervenciones pasadas de Washington en la región, esta ofensiva se distingue por su franqueza. No hay justificaciones elaboradas sobre amenazas globales o valores universales. El propio mandatario ha hablado abiertamente de “adueñarse” del petróleo venezolano, que se concentra en las mayores reservas probadas del mundo.
Aunque Chevron mantiene operaciones en Venezuela desde hace años, otras firmas evalúan con cautela su posible retorno. Analistas señalan que la recuperación del sector requeriría inversiones superiores a los 100 mil millones de dólares, en un contexto adverso marcado por precios internacionales bajos y sobreoferta de crudo. Aun así, el mercado reaccionó positivamente: acciones de empresas energéticas registraron alzas tras los anuncios de Trump.
El gobierno estadunidense ha dejado entrever que podría ofrecer subsidios y garantías financieras para atraer capital privado, aunque no ha detallado el costo fiscal de esa estrategia. Sin embargo, ejecutivos del sector han reconocido que aún no existen acuerdos formales para nuevas inversiones.
Más allá del petróleo, Washington ha puesto la mira en otros recursos estratégicos de Venezuela y de América Latina en general. La narrativa retoma argumentos ya expresados por mandos militares de Estados Unidos: la región es vista como un territorio rico en insumos críticos que, según esa visión, están siendo aprovechados por “adversarios” como China.
El trasfondo es claro. Pekín se ha convertido en el principal socio comercial de varios países latinoamericanos y el mayor comprador de crudo venezolano. Aunque ese suministro representa una fracción menor de las importaciones totales chinas, su peso simbólico y estratégico inquieta a Washington.
Especialistas coinciden en que la capacidad de Estados Unidos para desplazar a China en la región es limitada. Las economías sudamericanas dependen de ese mercado para exportaciones clave como soya, cobre y trigo, una realidad que trasciende afinidades ideológicas.
En ese contexto, queda expuesto que la retórica sobre seguridad, narcotráfico o democracia ocupa un lugar secundario. En el centro del tablero están los recursos naturales y la disputa por la hegemonía económica en el hemisferio.
